¿Y si los hombres también necesitaran una pausa?
El otro día vinieron los amigos de mi marido a mi casa.
Y como buena fundadora de Solara, un poco “camiseteada” con lo que hacemos, se me ocurrió proponer algo simple: sacar una tarjeta de conexión y responderla entre todos.
No esperaba mucho.
Me equivoqué.
Creo que nunca había escuchado a los amigos de mi marido hablar así entre ellos. Tan desde el corazón.
Se escuchaban.
Se respondían.
Se daban feedback.
Se reían.
Se piropeaban.
Se quedaban pensando.
Había algo distinto en el aire.
Al final del día, uno de ellos se me acerca y me dice:
“Gracias por lo de las tarjetas. Siento que lo necesitábamos. Hay cosas que si no fuera por algo así, no encontraríamos el momento.”
Y me acordé de algo que leí hace un tiempo. Un psicólogo especializado en masculinidades planteaba una idea que se me quedó grabada:
Las mujeres tienden a juntarse a hablar.
El cafecito.
El “tenemos que ponernos al día”.
El chismecito que empieza liviano y termina profundo sin aviso.
Muchas veces esos espacios permiten ordenar lo que sentimos sin darnos cuenta.
Los hombres, en cambio, tienden a juntarse a hacer.
El partido.
El pádel.
El asado.
Compartir una actividad.
Y esos espacios son valiosos.
Pero a veces pasa algo curioso: se puede estar horas juntos sin que aparezca lo que está pasando por dentro.
No porque no exista.
Sino porque no siempre hay lugar.
Cuando no hay espacio para poner en palabras lo que uno siente, eso no se va.
Se guarda.
Se acumula.
Se disfraza.
A veces como cansancio.
A veces como humor.
A veces como silencio.
A veces como “todo bien”.
Y sin embargo, algo queda ahí, sin ser mirado.
Lo que más me quedó de esa tarde es esto:
No es que no haya profundidad.
No es que no haya sensibilidad.
No es que no haya mundo interno.
Es que muchas veces no hay contexto.
Un espacio cambia completamente lo que puede aparecer.
En Solara creemos en los espacios que permiten volver hacia adentro.
No desde lo complicado.
No desde lo terapéutico en su sentido duro.
Sino desde lo simple:
una pregunta,
una pausa,
una tarjeta,
un momento distinto.
Y creemos algo más:
que esos espacios no tienen género.